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La noche en que murió Franco

En julio de 1974 el dictador sufrió una tromboflebitis y parecía que iba a fallecer, pero no lo hizo hasta el año siguiente
Samaranch tenía línea directa con los médicos y fue de los primeros de BCN en conocer el óbito

RAFAEL PRADAS. BARCELONA

Aquel joven general que en julio de 1936 se había alzado contra el legítimo Gobierno de la República, iniciando una larga guerra civil, era en noviembre de 1975 un decrépito dictador que agonizaba. Desde mediados de octubre, la muerte de Franco era sólo cuestión de tiempo, de que se cumpliera lo que eufemísticamente se llamaba "el hecho biológico inevitable".
Se descubría que el Caudillo era mortal y un sentimiento de incertidumbre se apoderó de la población gracias en parte al recuerdo vivo de los sufrimientos de la guerra. No debe extrañar, por ejemplo, que algunas personas acaparasen aceite, patatas, harina y otros alimentos "por lo que pudiera pasar". Había un temor generalizado a la reacción de los incondicionales del régimen y la gran incógnita era el Ejército.

"Previsiones sucesorias"
El veterano periodista Josep Pernau, columnista de EL PERIÓDICO DE CATALUNYA, era entonces director de Diario de Barcelona , el más antiguo de Europa. Sus recuerdos acerca del 20-N se remontan a más de un año ntes: "A principio de julio de 1974, Franco sufrió una tromboflebitis y arecía que iba a morir. Tanto es así que el ministro de Información y Turismo, Pío Cabanillas, reunió a los directores de diarios para hablar de las llamadas "previsiones sucesorias". Empezamos a prepararnos para lo que parecía inevitable y cercano y confeccionamos un reportaje y la portada en huecograbado con la noticia de la muerte de Franco y una información en tipografía para las páginas interiores".
Pero fueron pasando los días y Franco no sólo no se murió sino que se recuperó y a fines de agosto se hizo cargo de nuevo de la Jefatura del Estado que había estado en manos del príncipe Juan Carlos.
"En vez de tirar el material realizado que ya no servía, hice guardar las películas de huecograbado y la composición de las páginas interiores", cuenta Pernau. "En la mesa de mi despacho tenía unas pruebas y por eso digo que guardaba un cadáver en el cajón. Cuando Franco murió, los primeros ejemplares salieron a la calle muy rápidamente gracias al trabajo realizado un año y medio antes."
Las circunstancias jugaron a favor de Pernau y su equipo. Uno de los consejeros de Diario de Barcelona era Jacinto Ballester, hombre de confianza de Juan Antonio Samaranch. Éste había conseguido tener línea directa con los médicos de La Paz que atendían al general Franco, el famoso "equipo médico habitual".
Samaranch quería ser el primero en Barcelona en conocer la noticia y darla a las demás autoridades. Así, la madrugada del 20 de noviembre, cerca de las cinco, Pernau ya sabía que Franco había muerto: "Me llamó Ballester a casa, tres cuartos de hora antes de que Europa Press distribuyese la noticia, antes incluso de que se iniciase la operación Lucero para garantizar el orden público. Regresé al diario y junto con el subdirector Antonio Franco (hoy director de EL PERIÓDICO) estuvimos trabajando sin parar sacando ediciones a la calle que eran devoradas por los quioscos".
Había unanimidad en el dolor público, "aunque no se sintiese", matiza Pernau, pero "empezaba a haber tímidas insinuaciones en los editoriales de que comenzaba una nueva etapa". Puede que forme parte de las leyendas urbanas, pero se asegura que no sólo se agotaron los periódicos o el aceite, sino que en muchos barrios, pueblos y ciudades escaseó el cava.

*Fuente: El Periódico, 11 de febrero de 2005